Ciclos Litúrgicos

En el Concilio Vaticano II (1962-1965) los padres conciliares aprobaron un leccionario litúrgico, conocido como Libro de lecturas para la misa cuyo objetivo sería, a partir de su publicación, ayudarnos a conocer y amar a Jesús y su obra salvadora a través de la Palabra de Dios.

La Iglesia proclama los cuatro evangelios durante las misas dominicales, en tres ciclos litúrgicos: A, B y C. La asistencia a la misa dominical durante tres años seguidos, nos proporcionará de este modo una catequesis completa de la vida, obra y mensaje de Jesús para guiar nuestras vidas.

Para las misas dominicales el leccionario presenta tres lecturas y un salmo responsorial cuya numeración litúrgica está entre paréntesis. Las lecturas están organizadas para acercarnos al misterio de Cristo y su obra de Salvación que se cumple en Él.

La primera de ellas se conoce como primera lectura, y está tomada del Antiguo Testamento, salvo durante el tiempo pascual (siete semanas a partir del Domingo de Pascua), en que pertenece al libro de los Hechos de los Apóstoles.

Respondemos a la primera con un Salmo generalmente extraído del Libro de los Salmos.

La segunda, conocida comúnmente como segunda lectura, viene de las Cartas de San Pablo y otras del Nuevo Testamento. A estas cartas también se las llama epístolas.

Finalmente se presenta la tercera lectura y a su vez la más fundamental; la lectura del Evangelio, que varía según los ciclos:

A: San Mateo
B: San Marcos
C: San Lucas

El Evangelio de San Juan se lee en los tiempos especiales del año litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua).
El hecho de que este Evangelio se lea en los tres ciclos, y además se aproveche para los tiempos más destacados del año es porque es el Evangelio más rico teológicamente hablando y del que se puede paladear mayor enseñanza por parte del maestro.

La incorporación de san Marcos representó una auténtica novedad, ya que de alguna manera pesó durante siglos sobre ese evangelio el prejuicio de algunos Padres de la Iglesia de que “no era más que” el resumen de San Mateo, cuando más bien el estudio bíblico contemporáneo ha sacado a la luz la enorme originalidad de ese evangelio, el más breve de todos, que no contiene ni una sola frase que no esté en los otros, pero cuyo autor ha sabido disponer la narración de modo que, con idénticas palabras, se penetra en la figura de Jesús desde un ángulo distinto a como lo contemplan Mateo y Lucas.

Por supuesto, el cambio de los evangelios en los tres ciclos va acompañado también del cambio en las otras lecturas, en especial de la primera, que es la que coordina con el evangelio.

Pero, ¿a qué nos referimos exactamente con eso de ciclo litúrgico?
El ciclo litúrgico abarca un año entero, aunque ese año no coincide del todo con el año del calendario:

  • Se inicia cuatro domingos antes de la Navidad, por tanto en los últimos días de noviembre o primeros de diciembre, según, precisamente, qué día de la semana caiga la Navidad.
  • Se divide en grupos de días litúrgicos que forman un “tiempo litúrgico”, que puede ser Adviento, Navidad, Ordinario, Cuaresma y Pascua.
  • Cada uno de esos tiempos se relaciona con una fecha del calendario, sea con la Pascua, la principal, o sea con la Navidad.

De este modo, el tiempo de Adviento y el de Navidad se relacionan estrictamente con la Navidad, tienen esa fecha como centro, y miden su inicio y su final de acuerdo al día de la semana en que haya caído la Navidad.

Los tiempos de Cuaresma y Pascua se relacionan con la Pascua, que se define como «el domingo inmediatamente posterior a la primera Luna llena tras el equinoccio de primavera», lo que puede caer entre el 22 de marzo, como fecha más temprana, y el 25 de abril, como fecha más tardía.

El Tiempo llamado Ordinario comprende todas las demás semanas que no son ninguno de esos tiempos especiales. Aunque no es un tiempo especial, el tiempo Ordinario abarca la mayor parte del año, unas 32 o 33 semanas, según cada año. El tiempo Ordinario se mide en relación al inicio y al fin del año litúrgico y, por lo tanto, indirectamente se relaciona con el día de la semana en el que caiga la Navidad.

A todas estas fechas, que por la combinación de las dos distintas formas de establecer los tiempos dan lugar a un calendario muy variado, se suma aún otra variación más: el calendario santoral, que es fijo, es decir que cada santo está asignado a una fecha determinada.

La interacción de cada una de esas fechas determina en qué día litúrgico nos encontramos.

A su vez, los días intersemanales (entre semana) llevan un ritmo propio y distinto: se divide en dos años, par e impar.
En los tiempos especiales no se diferencian las lecturas, sino que siguen todos los años el mismo leccionario; pero en el tiempo Ordinario (que, recordemos, son unas 33 semanas de todo el año), hay dos leccionarios que se alternan entre año par o impar (también llamados respectivamente II y I).
En los tiempos especiales también se puede diferenciar entre par e impar, pero esa diferencia es optativa; existen los leccionarios diferenciados, pero no son obligatorios.

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