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Ciclos Litúrgicos

En el Concilio Vaticano II (1962-1965) los padres conciliares aprobaron un leccionario litúrgico, conocido como Libro de lecturas para la misa cuyo objetivo sería, a partir de su publicación, ayudarnos a conocer y amar a Jesús y su obra salvadora a través de la Palabra de Dios.

La Iglesia proclama los cuatro evangelios durante las misas dominicales, en tres ciclos litúrgicos: A, B y C. La asistencia a la misa dominical durante tres años seguidos, nos proporcionará de este modo una catequesis completa de la vida, obra y mensaje de Jesús para guiar nuestras vidas.

Para las misas dominicales el leccionario presenta tres lecturas y un salmo responsorial cuya numeración litúrgica está entre paréntesis. Las lecturas están organizadas para acercarnos al misterio de Cristo y su obra de Salvación que se cumple en Él.

La primera de ellas se conoce como primera lectura, y está tomada del Antiguo Testamento, salvo durante el tiempo pascual (siete semanas a partir del Domingo de Pascua), en que pertenece al libro de los Hechos de los Apóstoles.

Respondemos a la primera con un Salmo generalmente extraído del Libro de los Salmos.

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Año Litúrgico

Se llama Año Litúrgico o año cristiano al tiempo que media entre las primeras vísperas de Adviento y la hora nona de la última semana del tiempo ordinario, durante el cual la Iglesia celebra el entero misterio de Cristo, desde su nacimiento hasta su última y definitiva venida, llamada la Parusía. Por tanto, el año litúrgico es una realidad salvífica, es decir, recorriéndolo con fe y amor, Dios sale a nuestro paso ofreciéndonos la salvación a través de su Hijo Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres.

En la carta apostólica del papa Juan Pablo II con motivo del cuadragésimo aniversario de la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, del 4 de diciembre de 2003, nos dice que el año litúrgico es “camino a través del cual la Iglesia hace memoria del misterio pascual de Cristo y lo revive” (n.3).

El Año Litúrgico tiene dos funciones o finalidades:

a) Una finalidad catequética: quiere enseñarnos los varios misterios de Cristo: Navidad, Epifanía, Muerte, Resurrección, Ascensión, etc. El año litúrgico celebra el misterio de la salvación en las sucesivas etapas del misterio del amor de Dios, cumplido en Cristo.

b) Una finalidad salvífica: es decir, en cada momento del año litúrgico se nos otorga la gracia especifica de ese misterio que vivimos: la gracia de la esperanza cristiana y la conversión del corazón para el Adviento; la gracia del gozo íntimo de la salvación en la Navidad; la gracia de la penitencia y la conversión en la Cuaresma; el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte en la Pascua; el coraje y la valentía el día de Pentecostés para salir a evangelizar, la gracia de la esperanza serena, de la honestidad en la vida de cada día y la donación al prójimo en el Tiempo Ordinario, etc. Nos apropiamos los frutos que nos trae aquí y ahora Cristo para nuestra salvación y progreso en la santidad y nos prepara para su venida gloriosa o Parusía.

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Evangelio

Los evangelios (del griego εὐ, que significa “bien“, y αγγέλιον, que significa “mensaje“, ) son escritos que recogen las primeras predicaciones apostólicas sobre Jesús de Nazaret, cuyo núcleo central es su muerte y resurrección. De allí que el anuncio del evangelio se conozca con el nombre de evangelización.

Existen cuatro evangelios contenidos en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana, llamados Evangelios canónicos, reconocidos como parte de la Revelación por las diferentes confesiones cristianas. Son conocidos con el nombre de sus supuestos autores: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La mayoría de los expertos considera que estos cuatro evangelios fueron escritos entre los años 65 y 100 d. C., aunque otros académicos proponen fechas más tempranas.

Existen otros escritos, conocidos como Evangelios apócrifos, no reconocidos como canónicos por las iglesias cristianas. En estos Evangelios apócrifos, se pueden encontrar relatos de hechos maravillosos (Jesús realiza milagros numerosos y extravagantes), doctrinas diferentes de las transmitidas en los Evangelios canónicos, enseñanzas misteriosas reservadas a unos pocos. Estos escritos son el resultado de una incorrecta intelección de lo que significa la palabra “Evangelio”, y ya no fueron aceptados por las primeras comunidades cristianas. En efecto, el “Evangelio” no trata un conjunto de relatos fantásticos, ni de enseñanzas ocultas, sino que es la transmisión de un anuncio realizado en primer término por Jesús de Nazaret, luego por sus Apóstoles y finalmente por escritores que pusieron por escrito aquella predicación inicial .

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